La Excomunión
Por Jorge Cuéllar Montoya
“EI Vergel”, bella hacienda sabanera ubicada en lo que hoy es el barrio de “La Castellana”. fue en la época de nuestra niñez el lugar de esparcimiento de la familia, Cuéllar Calderón, gracias a que los abuelos construyeron una casa grande y solariega apta para albergar un batallón. No en vano, pues tenían nueve hijos,- cuatro muieres cinco hombres,-quienes con sus respectivos consortes y una chorrera de nietos que nara ese entonces sumábamos alrededor de cuarenta, solía ser el solaz encuentro de todos los primos y el resignado acatamiento de la disciplina prusiana que imponía mamá Lulú, para que las normas y los deberes de la prole se cumplieran de acuerdo a sus sagrados designios.
La capilla de la hacienda, lugar obligado de toda la familia para acudir a los oficios religiosos de los domingos a las diez de la mañana, celebrados con puntualidad por el presbítero Mario Revollo (Cardenal Primado unos años después), albergaba a reventar todo el clan familiar; con vecinos, labriegos, empleados y demás asistentes, que con fe profunda algunos y los demás con la del carbonero, acudíamos sin protestar al santo sacrificio de la misa.
Pues bien, creo que hasta ahora los lectores no han entendido de donde sale el título de este artículo, pero no se retiren que ya pronto lo conocerán.
Acudir a misa en “El Vergel” era un especial acontecer. El padre Revollo se instalaba con todos sus ornamentos en el confesionario a eso de las nueve, y como reos al patíbulo, iremediablemente teníamos que desfilar uno a uno para dar cumplimiento ante testigos, con el inquisidor sacramento. Los primeros en pasar eran los tíos, quienes inclinados de rodillas solían cumplir la penitencia con las oraciones que por sus diferentes culpas había impuesto el sacerdote. Infortunadamente para los de la tercera generación, el tío Pablo, forma por demás jocosa, se instalaba al lado del confesionario a indagar por la penitencia impuesta a cada muchachito que iba exculpando el curita. De acuerdo tiempo de duración del episodio y la cara del indulgente, Pablo, en un sagaz análisis y una indagatoria relámpago sobre la cantidad de oraciones asignadas al indefenso penitente, establecia en inquisidor concurso posterior, la calidad y gravedad de los pecados de cada uno de sus sobrinos, hecho que causaba inmensa hilaridad y una tremenda recocha entre los confesados. No había premio ni sanción pero si mucho jolgorio y una cierta sonrisa que con leve inclinación de cabeza del curita era señal de asentimiento.
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Así las cosas, un domingo soleado de agosto en un año ya olvidado, concurrimos familiarmente al santo sacrificio. Sin mediar palabra, vino el infortunio de la selección de los acólitos que asistirían al clérigo ese día, escogidos con sapiencia y a riguroso dedo por mi abuela. Ahí no había oportunidad de disentir. El índice inquisidor de la matrona asignaba las responsabilidades y al escrutar detenidamente entre los posibles candidatos, clavó sus bellos ojos verdes en los míos y con un rictus de comprensión que le transmitió mi cara de terror, musitó con autoridad: tú reemplazas hoy a Ernesto. A Jorgito Ucrós, quien pedía turno con gran emoción, por estudiar en el seminario y ser un versado en latín como idioma universal, le dijo; tú reemplazas a Zoilo. Ernesto se solazaba de la dicha y me hacía gestos “non sanctos”, Felipe, oliendo lo que le venía pierna arriba, se había escondido minutos antes detrás de una vieja acacia, sin dejarse ver ni un pelo, y Zoilo, con sus cachetitos rosados y sus crespitos dorados, se burlaba con sorna de mi desdicha. Y yo quedé hecho. Sometido una vez más a recitar en latín el ejercicio auxiliar del sacerdote.
¡Amén!
Una de las cosas que a mí me reventaba, era tener que enfundar mi enjuto cuerpo en una sotana roja carmesí, cubierta por un faldón blanco que le daba a este pobre doliente el aspecto de un querubín arrebatado. Así eran los designios de la dueña de la capilla, y los míos, el triste destino de cumplirlos. Todo ello sin poder hacer “mutis por el foro”, o como diría uno de mis primos confundiendo maliciosamente el léxico teatral. hacer “fotis contra el muro”¡Aleluya!
Para los de las nuevas generaciones que no lo sabían, en ese entonces la misa se decía en latín, el prelado oficiaba de espaldas a los fieles y los acólitos permanecian detrás del sacerdote prestos a contestar las oraciones y atender los requerimientos ceremoniales durante los oficios.
Inició el padre Revollo la homilía y la ceremonia fluyó normalmente hasta que llegó el prefacio. Allí el sacerdote hincó rodilla en tierra, colocó sus manos suavemente sobre el altar, inclinó la cabeza y con voz queda y serena pronunció estas palabras que todavía resuenan en mis oidos: Dominus Vobiscum. Acto seguido, los acólitos de rodillas, debiamos contestar al unísono, levantando cada uno la esquina de la casulla sacerdotal, las palabras: Et Cum Spiritu Tuo . Hasta ahí venía soportando el collar de pajarito de la sotana que me apretaba dolorosamente el cuello y tenía un inmenso deseo de que acabara pronto la ceremonia para deshacerme de los ornamentos. De repente surgió en mi cerebro una idea brillante, mis labios sonrieron tenue pero pícaramente y en el mismo instante en que Jorgito Ucrós entraba en éxtasis celestial y con los ojos cerrados y una profunda fe en Dios, soportando la casulla pronunciaba con canto gregoriano: Et Cum Spiritu Tuuuuo, yo solté un sonoro: Alzale la Cola al Piiiisco.
Mi abuela dominaba la situación desde un reclinatorio de terciopelo rojo el cual se ubicaba delante de todos los feligreses y justamente detrás de mí. Ella controlaba la campana de mano la cual hacía sonar en la elevación con sabia entonación y al escuchar mi desafuero, sin soltar la campana ni un segundo, acortó en un instante la distancia que lo separaba de mi humanidad, me tomó fuertemente de una oreja y en volandas me saco por la puerta lateral de la capilla. Allí me calentó un campanazo en las espaldas un sonoro y doloroso cocotazo en la cabeza sentenciando con energía: usted es un chino irrespetuoso y acaba de cometer un pecado de escándalo terrible “por tanto queda excomulgado”. Regresó a su reclinatorio muy airada (con justa razón) y en silencio inclinó la cabeza, cerró los ojos y entro en oración profunda para que el Señor perdonara la falta de su nieto. Mientras tanto, sin que los fieles percataran la ocurrencia, el sacerdote continuó inclinado por breves minutos, presa de un incontrolable accidente de risa.
Concluida la santa eucaristía, mi abuela me exigió disculparme y acudir de nuevo a la humilde confesión. Con el corazón contrito, un leve dolor en las costillas y un chichón en la cabeza, acudí al confesionario: Padre vengo de nuevo a confesarme. – Mijo querido, realmente no has cometido ninguna falta grave pero no puedo contradecir a Lucilita. Por mi parte quedas disculpado. – Padre cual es la penitencia. – Ninguna mijo; con la que te puso tu abuela es suficiente, además tranquilízate porque el único que te puede excomulgar es el obispo. Y con un leve golpe en la mejilla me despachó: Pax Tecum.
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