Anécdotas de la Familia
Fieles Sirvientes de El Vergel
Por Jorge Cuéllar Montoya
En los recuerdos de infancia perduran personajes como de cuento, imágenes y acontecimientos vividos bajo la tutela de los fieles servidores de El Vergel, que conformaron en su momento una familia sin igual. Por tratarse de seres encantadores que forman parte del acontecer y de la vida de la familia Cuéllar, sin faltar al respeto de ninguno y levándolos siempre con inmenso cariño en la memoria, relato pequeños episodios biográficos de nuestra existencia con algunos de ellos.
CARMELITA; para los más viejos “Can”, para otros “Mama” y para mis parientes Cuéllar Cuéllar de la tercera generación, “mi Mamita” o “Chey'”. Afectiva como pocas, de risa franca y presta siempre a servir a los demás. Presumo que hoy tendría algo más de un siglo y no recuerdo un momento de mi existencia sin su presencia. Llegó a EI Vergel cuando mi Padre era un niño de unos ocho años, siendo un poco mayor que él, fue su compañera de aventuras, desde tirar piedra para bajar cerezas, montar a caballo, hacer travesuras, hasta navegar en la barqueta por el canal de la hacienda lleno de buchón, “evento terminantemente prohibido por los abuelos”. De ahí para abajo crió a toda la prole Cuéllar Calderón. Casada tía Lucía con tío Ernesto, se dedicó en cuerpo y alma a la crianza de los hijos de ellos, para los cuales, como le decían, fue de verdad su “Mamita”. La sopa Perica que fabricábamos en su compañía con los primos mayores, en escapadas que promovia a la “Alameda del Ahorcado”, era una delicia. Un personaje que derramaba amor.
FIDELA; nombre de pila que supe muchos años después, a la cual cariñosamente todos le decíamos “FICHA”. Era mayor que Carmelita, tal vez unos quince años y siempre la conocí añeja. De pelo crespo y casi blanco en permanente desorden, por dientes solo tenía raigones y una sonrisa malévola que hacía juego con sus ojos pequeños y rasgados que sonreían a la par. Caminaba sigilosa por los corredores de EI Vergel, encorvada arrastrando unas chanclas vetustas a la caza del primer impávido que anduviese distraido para darle un susto tremendo. Gozaba con ese tema, los Domingos de Misa y jolgorio intantil se escondía en uno de los baños al fondo del corredor, cubierta por una cobija fantasmal más achacada que ella. asaltaba con gritos guturales al desprevenido que entraba apurado al baño y zas, le metía tremendo susto. Más de una o uno salió dando saltos como un canguro, con la diligencia a medio camino y sin tiempo para subirse los calzones dando alaridos. Participó en la crianza del lote compuesto por los tíos Bernardo, Pablo y Manuel Antonio. Fue su eterna cómplice y con primor, siendo propietaria de las uñas más largas que haya conocido, contaban los beneficiarios, que el dedo índice de Ficha era diestro en administrar la uña para rascarles el “más allá”, cuando las amebas y las lombrices hacían de las suyas con las ternuras de los infantes, rascando sabiamente el confín hasta que pasaba la comezón inoportuna. A su manera de ser, era una mujer generosa y buena. No en vano nos soportó.
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NENA; nunca supe cual fue su nombre. Tal vez ese fue un secreto de estado solo conocido por la familia Ucrós Cuéllar. No obstante, fue fiel servidora de tía María Teresa y de tío Alejandro a quien crió y veneró. Pensaría que su origen era de Cundinamnarca y procedía de alguna bella vereda de Anolaima. De la más rancia estirpe lugareña, añeja, moderada en canas, sin edad definida y de un temperamento fuerte. Adoraba a los retoños Ucrós Cuéllar, no dejaba que ninguno de los parientes traspasáramos el territorio que ella consideraba propio, ocupado en la casona de El Vergel por mis adorados parientes. Su amor por ellos era tan grande que se hizo cargo con singular cariño de la crianza de los nueve hijos que tuvieron los tíos. Con gran disciplina duró cumpliendo a cabalidad durante un año, una promesa al altísimo elevada por tía María Teresa de vestir de franciscano a Alejito, si el niño superaba con éxito una fiebre de Tifoidea que lo atacó. Así, el pequeño párvulo, sin tonsura incluida, tuvo que resignarse a pasar disfrazado todos los domingos soportando las impertinencias de sus parientes, como el más beato Franciscano de La Porciúncula. Nena fue sabia mujer; cuenta la leyenda que le decia a tío Aleiandro en su niñez, ante ataques de furia que lo arrebataban: “Ande yo caliente y “réigase” la gente”. Dios la guarde en su gloria.
AURELIANA; mujer diminuta de raigambre chibcha, ojos achinados, pelo saíno y piel color canela cuya edad era totalmente indescifrable. Pudiese ser centenaria o cuarentona. jamás la supe. Silenciosa y abnegada, hacía los oficios que le eran encomendados en profundo mutisno y fuera de un saludo somero “buenos días niño”, nunca la oí hablar. Tal vez lo hacia pero para lo estrictamente necesario. Duró muchos años en El Vergel y pensaría que murió tempranamente antes que muchas de sus compañeras. Respiraba nobleza por todos los poros y colaboraba con los oficios de cocina los fines de semana.
LORENCITO; Mayordomo ilustre de toda la vida en El Vergel. Lo conocí entrado en años con su eterno saco de algodón, el sombrero alón de fieltro oscuro, un chaleco desteñido ajustado con botones de colores procedentes de otras prendas y bajo la camisa siempre llevó una especie de bufanda blanca en tela de algodón. Manejaba la hacienda de la mano del doctor Manuel Antonio y era el responsable de todo lo que allí ocurría. La leche producida por el hato la conservaba en cantinas metálicas que sumergía en una alberca llena de agua y a las cinco de la mañana despachaba la carreta tirada por un percherón moro, repleta de cantinas, para ser repartida en las casas de familia de la ciudad. Como cosa curiosa, el producto se cobraba de lunes a viernes con la condición de repartir gratuitamente a cada cliente la leche del fin de semana.
Algún día, el abuelo regaló a su hijo Zoilo, siendo muy niño, un caballo blanco para que iniciara sus prácticas de equitación. Cuentan las malas lenguas que el doctor Manuel Antonio le preguntó a su hijo por el nombre del caballo y el chico muy pretencioso contestó: se llama “Mefistófeles”. EI Padre sorprendido le dijo a su hijo que ese nombre era muy complicado para Lorencito, que le sugería cambiarlo por uno más sencillo, pero el muchacho tercamente insistió. Al día siguiente, solicitó el niño muy temprano que le ensillaran su caballo. Una hora después se presentó Lorencito y le dijo: niño Zoilito, aquí le tengo listo el “Temístocles Fistoles”. A partir de ese momento el caballo se llamó, “El Palomo”.
ISIDORO; Padre de la prole de los Garzón históricamente unidos a la familia, salido como de un cuento de Edgard Allan Poe era personaje de muy especiales características. Lo más parecido a un troglodita, superaba con dificultad el metro y medio, era dueño de unas espaldas descomunales y su cara inmensa la escondía bajo una gruesa barba de negro profundo similar al pelo de su cabeza, crespo y desordenado. Lo único que dejaba ver era los ojos grandes de inmensa blancura, una boca amplia y desdentada de fácil y estruendosa carcajada, media frente y la nariz colorada parecida a la de Gepeto el papá de Pinocho. Por ella resoplaba como una locomotora. No supe jamás que labores desempeñó en El Vergel. Vivía en los confines de la Hacienda, detrás de la Alameda del Ahorcado y cerca de la carrilera del tren. Dentro de su andar misterioso, nunca uso calzado. Se vanagloriaba de haber recorrido descalzo muchos caminos de Colombia lo que le formó un enorme callo en los pies que le permitía moler vidrio con ellos mostrando su fortaleza. Fabricaba aguardiente de chicha y melaza con un alambique de extraña invención y destilaba un alcohol de noventa grados que vendía a los vecinos e ingería trasladándose al éxtasis total hasta perder la conciencia, no sin hacer en el intermedio notables estragos. Era el único poseedor de energía eléctrica en la región, servicio que bajaba con habilidad pasmosa y un riesgo absoluto de la línea de transmisión que llevaba la corriente al lejano pueblo de Suba. Siempre vistió de obscuro y nunca se quitó la ruana.
Queridos lectores, quisiera continuar pues son muchos los afectuosos colaboradores que acompañaron a la familia durante varios lustros. Como el espacio es limitado, ellos serán tema especial de un próximo artículo.
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