Fórmulas Magistrales
Por Jorge Cuéllar Montoya
En mis recuerdos de infancia resuena en el cerebro un eco antediuviano proveniente del consultorio del abuelo, el doctor Manuel Antonio Cuéllar Durán, bajo la premisa de que la ciencia médica había desarrollado infinidad de medicamnentos elaborados por “Boticario”, que conducían a las famosas fórmulas magistrales.
Quien en ese entonces y aun más, en la familia Cuéllar, no sirvió de conejo de laboratorio para la práctica de esas pócimas y ungüentos elaborados con receta magistral en la Farmacia Santa Rita del doctor Javas, que conducía a una cura casi inmediata y en algunos casos a la muerte cataléptica repentina, no estaba en nada.
Mi padre, el doctor Zoilo Cuéllar Calderón ejerció la medicina al lado de su progenitor. el doctor Manuel Antonio, como Oftalmólogo y especialista en Organos de los Sentidos y aunque más moderno por asunto de edades también fue promotor de las fórmulas magistrales del abuelo, traídas de Francia, que para ese entonces era la meca de la medicina. He aquí algunas de ellas.
EL COLUTORIO.- Apropiado para limpiar las mucosas del paladar y la garganta, elaborado a base de azul de metileno e impregnado en un copo de algodón enrollado en un estilete de madera, que con solo recordarlo se pasaba la angina de inmediato. Cuando el veredicto del médico acertaba a decir en su diagnóstico: esto se mejora con una sesión de colutorios, acto seguido, con destreza y maestría absoluta, no sin un poco de saña, atacaba sin misericordia las amígdalas del inocente paciente, produciéndole gran cantidad de arcadas y un intenso dolor al raspar las placas infecciosas de las dichosas glándulas. Eliminaba así la causa del dolor pero dejaba al desdichado descompuesto por tres días, EI remedio era infalible.
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EL CAUTERIO.- Solución elaborada a base de iodo al 8% dentro de la cual se sumergía un copo de algodón soportado en un palillo. Con éste, en forma grosera se impregnaba la mucosa nasal en busca de atacar la sinusitis. Era tremendo. De los cinco mil y más azotes que recibió Cristo, nosotros recibimos una tanda igual de cauterios. Aunque la enfermedad era persistente, al fin el galeno conseguía su objetivo calcinando con el cauterio las mucosas nasales hasta obtener que estas se desinflamaran y permitieran el drenaje natural de los senos frontales y maxilares. Este era un tratamiento desalmado, doloroso y detestable al cual teníamos que someternos. Pensaría que no hubo ningún miembro de la familia y cientos de allegados y pacientes que no desfilaran por El Vergel o por el consultorio de la calle doce, para someterse al pavoroso tratamiento, Después de cada sesión el paciente quedaba perdido por varias horas, sin poder ver, respirar, oler ni entender nada, anegado en un mar de lágrimas hasta que no se calmaba el sensible ardor que producia el inquisidor quemón. Pero en fin, ese era el remedio al cual con cristiana resignación nos debíamos someter.
LAS PAPELETAS DE BISMUTO.- Invento prosaico para la enfermedad que al decir de los estudios médicos franceses era la causa de todos los males de la humanidad. La Sifilis. Sí, así como suena. Por alguna circunstancia que desconozco, papá Totono, como le decíamos afectuosamente parte de los nietos al doctor Manuel Antonio, era un maestro en el tema. Decía con certeza; y así mi padre y los tíos médicos allegados al clan, que a los niños recién nacidos había que eliminarles toda opción de la maldita enfermedad, por aquello de que no se sabía si los que se allegaban a la familia por matrimonio traían en su sangre la penosa herencia. Razón por la cual a todo muchachito que nacía en la familia lo trataban durante su primer semestre de vida embadurnándole la pomada verde, tres veces al día; en las axilas, detrás de las rodillas y por donde doblan los codos. Afortunadamente no dolía y si hubiese sido así, poco nos importaba a los pequeños pacientes que ignorábamos el denigrante tratamiento. Pienso que este ofendía más a los parientes políticos que a los infantes tratados. En fin, eran normas de la medicina de antaño que había que aplicar para salvar la humanidad. No obstante, considero que el tratamiento no debía ser muy útil pues hoy el mundo tiene más de seis mil millones de seres y no creo que por no ser miembros de la familia y no haberse tenido que tratar con bismuto, sean todos ellos herederos del apestoso mal.
LA LAVATIVA.- Atropello odioso y denigrante al cual era sometido todo mortal que presentaba síntomas de estreñimiento, inapetencia, indigestión o exceso de lombrices. Una solución magistral preparada a base de sulfatos y bicarbonatos y algún otro menjurje, que en forma de enema era introducido al paciente por la “trastienda” hasta que le flotaban los ojos. De ese humillante tratamiento, tengo un triste recuerdo de mi más tierna infancia que a continuación relato.
En los albores de mis seis meses, siendo un niño inteligente y despierto que ya se daba cuenta y entendía muchas cosas, fui testigo de las peripecias de mis hermanas mellizas, que a la sazón tenían cuatro años, cuando por aquello de ser hijos de médico y estar oyendo hablar a todas horas de enfermedades y remedios, además de estar sometidos irremediablemente a ser recipientes de cuanto tratamiento producían los laboratorios a través de las muestras médicas, éramos testigos fieles de muchos aparatos y procedimientos para inocular al penitente paciente un determinado remedio.
Una tarde lluviosa salió de tiendas mi mamá dejándonos al cuidado de una amable servidora. Mientras ella se ocupaba de los quehaceres de la casa, mis hermanas, Emilia y Clemencia, cargaron con éste mortal y mi hermano Zoilo, que en ese entonces contaba con dos años, se hicieron, luego de ingentes peripecias por su pequeño tamaño con un tarro esmaltado especial para enemas que guardaba mi madre en el closet de los remedios y con manguera y cánula en mano llenaron de agua hasta el borde los dos litros de capacidad del adminículo y acto seguido, se encerraron con lave en su alcoba procediendo a actuar de médicas para inocularnos una soberana lavativa. Optaron, a Dios gracias, por atacar a Zoilo primero, quien corría desesperado por el cuarto hasta que lo pillaron. Una se le sentó encima colocándolo bocabajo y la otra le sacó el mameluco de un tirón. Luego vino la parte compleja de introducirle la cánula entre sus tiernas posaderas por el “más allá”, acto seguido, Emilia levantó el recipiente para que el líquido entrara e hiciera su efecto benéfico. En medio de los alaridos de mi hermano y de los ingentes esfuerzos de las mellizas por persistir en su acción se vino la puerta abajo y apareció mi mamá, látigo en mano, a salvar la situación. Mis hermanas lloraban del susto y del regaño, Zoilo aun prendido a la cánula levantaba la casa a gritos y dejaba escapar abundantes cantidades de agua por el trasero y yo, lloraba enternecido por la situación. Así concluyó este evento de la lavativa infantil y colorón colorado, este cuento ha terminado.
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