Dolorcitas Cuéllar de Araújo
Por Anita Araújo de Vargas
“La virtud que deja un buen recuerdo, es una especie de inmortalidad”.
LIBRO DE LA SABIDURÍA 1,4
Nosotros los Araújo Villaveces, Eduardo, Josefina, Belén, Julio y yo, tuvimos la fortuna de nacer en el hogar de Julio Araújo Vélez y Dolores Cuéllar Durán, nuestros abuelos paternos. La casa solariega situada en la calle 60 abajo de la carrera 9* testigo de acontecimientos v recuerdos imborrables que marcaron nuestras vidas.
Vivimos allí siete inolvidables años, ya que mi mamá y mis abuelos quisieron tanto. Después nos mudam0s a la calle 57 donde nacieron mis hermanos menores Francisco y Dolorcitas, Al morir mi abuelo en abril del 48, mis papás decidieron que fuera a acompañar a Mimica, como cariñosamente la llamábamos, dada la circunstancia de que el bus del Colegio Sagrado Corazón pasaba por la carrera 7 con calle 60. Mis hermanas estaban pequeñas y no habían entrado al colegio, de manera que se turnaban conmigo los fines de semana. Más adelante, todas nosotras fuimos sus acompañantes permanentes. Esa vida en su compañía nos llevó a un acercamiento increíble, a una confianza y amistad poco común entre dos generaciones. Ella era una mujer caritativa, recta, justa, prudente en sus actitudes y llena de amor a Dios, piadosa, casi mística. Su vida de piedad dejó honda huella en nosotros. Asistía a Misa todos los días y comulgaba en actitud de fe y recogimiento profundos. Supo inculcarnos la importancia de la oración y con su ejemplo nos predicaba acerca de la verdadera caridad cristiana pues vivía pendiente personas necesitadas, Colaboró siempre en la Parroquia de Lourdes. Era muy ordenada para el manejo de los dineros y recuerdo que guardaba en sobres la suma exacta de los pagos y obligaciones del mes. Le encantaban las lecturas selectas, los escritos de autores conocidos, biografías y temas piadosos, espirituales y de formación. Sentía predilección por la música clásica y brillante y a su avanzada edad tocaba piano, de memoria, piezas de compositores famosos como Chopin, Liszt y Beethoven.
Bueno. ella junto con sus hermanas Fanny, Belén y Ana Elisa, fueron las depositarias famosa carta de Papá Zoilo encargándolas del funcionamiento del “Asilo Manuelita”, como lo llamaron y les recomendaba que no decayeran en su esfuerzo para que dicho legado pasara de generación en generación. Mimica asumió con toda entereza el liderazgo. secundada por sus hermanas para llevar a cabo la misión que su padre les había encomendado. Yo recuerdo que ella nos hablaba a menudo. de las primeras casitas de San Façon. habitadas por señoras cuya conducta intachable las hacía merecedoras de vivir allí dignamente. Más tarde se trasladaron a Rionegro. donde mi papá, Eduardo Araújo, colaboró en la planeación de la obra. Organizó una “costura” que se llevaba a cabo durante el año. todos los martes por la tarde. Se reunían en las casas de ella o de sus hermanas, y luego se integraron cuñadas, hijas y nueras. Allí cosían prendas que mi abuela diseñaba y cortaba, tejían sacos y chales bajo la dirección de tía Lucilita -Lucila Calderón de Cuéllar-, comprando los materiales con aportes voluntarios según las capacidades de cada una. Eran reuniones muy amenas, que afianzaban los lazos familiares y al mismo tiempo que se comentaban episodios, anécdotas, logros y dificultades, se iban enterando de las necesidades de la Manuelita. Al final de la tarde, la anfitriona ofrecía unas deliciosas onces.
En el mes de diciembre se recogía toda la ropa que se había cosido durante el año y Mimica ofrecía su casa con gran alegría para llevar a cabo la famosa “Repartición de los Pobres de la 60”, que se hacía con la colaboración de toda la familia. La gente favorecida eras personas pobres recomendadas de la Parroquia de Lourdes y otras protegidas de la familia como “El Bobo y la Changua” chapinerunos. Se reunían cerca de 300 personas. Empezaban a llegar al medio día e iban haciendo fila en la calle. A las 3 de la tarde se abría el zaguán y se sentaban en los corredores del primer patio sembrado de bouganvilles, en el segundo patio donde había un brevo enorme que lo cubría casi por completo y en el solar al fondo, con duraznos, yerbas aromáticas, lora y gallinas. Se les servía chocolate con pan y queso y, si los recursos alcanzaban, regalaban fruta y un cuarto de libra de chocolate por familia. Después pasaban ordenadamente a recibir su regalo anticipado de Navidad: la ropa para mujeres y niños, algunas veces se les regalaba pañolón o cobijas. Recuerdo que mucha gente relataba sus tristezas a las señoras Cuéllar y ellas bondadosamente las escuchaban, comprendían y trataban de ayudarlas, al punto de anotar sus datos para hacerles en lo posible un seguimiento. Cuando se iban, se servían las mismas onces a grandes y chicos. En esa ocasión nos veíamos con los tíos y primos, pues nadie se perdía de tal acontecimiento. Tengo presente que tío Manuel Antonio, Alfonso Ucrós, tío Julio, y mi papá entre otros, colaboraban atendiendo con cariño a los pobres.
La Manuelita permaneció muchos años en Rionegro, durante los cuales ella y sus hermanas estuvieron al frente hasta que pasó a manos de tío Manuel Antonio y tía Lucilita. Más adelante, como es sabido de todos, Belencita Ucrós y sus hermanas fueron viendo la necesidad de proporcionar a estas abuelitas, no solamente vivienda, sino cariño, alimento, medicinas, servicios y atención permanente hasta llegar a lo que es hoy la Fundación La Manuelita en Cajicá. Lo más lindo de La Manuelita es ver a los viejitos tan contentos. Gracias a sus desvelos, han logrado maravillas, entre otras, involucrar al resto de los descendientes en una u otra forma, para comprometernos cada vez más. En la actualidad se reúnen mensualmente por familias, no para Coser, Sino para un reencuentro con las nuevas generaciones donde se comentan los logros, proyectos y necesidades de la Fundación.
Son estos algunos de mis recuerdos inolvidables.

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