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    Manuel Antonio Cuéllar Calderón

    “Un nombre se impregna de la persona que lo lleva”.
    ANÓNIMO

    Siendo el menor de los doce hijos de Papá Lulú (Papá Totono) y Mamá Lulú, y con una diferencia de edad de veinte años con Zoilo, su hermano mayor, mi Papá, Manuel Antonio, ha vivido la trayectoria de la Fundación de primera mano. Tiene claro el apoyo fundamental que le dio Papá Lulú a “La Manuelita”, buscando continuar la obra de su padre Zoilo, sin el cual quizás la Fundación hoy no existiría.  Mi Papá se ha encargado con el paso de los años de transmitir a sus hijos, no solo con palabras sino con hechos, la importancia de la caridad cristiana en todo el sentido de la palabra: aquella caridad, que antes de nacer ya vivía en él y que es sin duda, la misma que genera la fuerza de las nuevas generaciones para continuar queriendo y luchando por “La Manuelita” y que nos sirve de ejemplo para que nosotros, que crecimos de la mano de la Fundación, nos encarguemos a la vez, de transmitirla a nuestros descendientes.

    La función secundaria de “La Manuelita”, aquella de ser el vínculo vivo de unión entre la familia, no es otra cosa que la manifestación palpable de la unión familiar inculcada desde Zoilo Cuéllar para abajo y en nuestro caso en particular, por mi Papá a sus hijos.  

    Mis mejores recuerdos de infancia se transportan a la vida en “El Juncal”, donde como pajaritos libres nos criamos los Cuéllar Wills, en especial Alfredo, Alejandro y 

    yo. Tengo absolutamente vivos muchísimos momentos y recuerdos, y en la gran mayoría de ellos, aparece el vínculo familiar aquel al que hacía referencia mas atrás: “Ilarco” con los Ucrós Cuéllar, “Santacruz” con las De la Torre Cuéllar, “Galicia” con los Cuéllar Cuéllar y los 250 perros, “La Cofradía” con los Cuéllar Gómez, la finca de mi tío Bernardo, que lindaba con “El Juncal” y con “Ilarco” y, un poquito mas lejos, “Veraguas” de las Cuéllar De Brigard… todos juntos, como si fuera lo más normal, como si por derecho propio tuviésemos merecimiento de tanta unión y tanta felicidad. Pero si puede ser éste el medio para agradecerle a la vida las guías maravillosas que la familia “Cuéllar y Cía” ha sabido transmitir con conciencia y generosidad de una generación a otra; dar las gracias por pertenecer a ella y pedir por tener la claridad y certeza necesarias para continuar con esa “cadena de grandeza” de la cual todos y cada uno de los miembros de la familia hacemos parte.

    Es esta formación de familia, este entendimiento claro de lo que significa la unión entre los hermanos, esa sapiencia para manejar las situaciones difíciles que la vida nos presenta, esa practicidad para vivir el día a día y el buen ejemplo moral y práctico son la conciencia de que existe gente muy necesitada y que espera nuestra ayuda, es esa bondad en todo el sentido de la palabra, lo que mi Papá se ha encargado de transmitir a sus hijos porque eso, precisamente, es él.  

    No podría dejar de hacer un merecido homenaje a todos, esposos y esposas de los miembros de la familia, y reconocer que sin ellos y ellas, simplemente… no habría familia. En especial y aprovechando el espacio en el que hoy escribo estas letras, a mi Mamá, María Cristina Wills de Cuéllar.

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