Pues bueno. Aunque nadie mejor que ella puede contarnos su vida, (y por favor, que alguien le pregunte y tome nota, porque será un tesoro para todos), voy a intentar contar, brevemente, mi versión de su historia.
La primera vez que vi a Tía Manuelita con conciencia de hacerlo fue en una fotografía en blanco y negro que María Carolina Ospina de Piñeros tenía en su habitación sobre una mesita. En esa fotografía, una mujer dulce y cariñosa sostenía un bebé que claramente parecía su hijo. Como era niño, curioso y amigo de su hijo, no tuve ningún reparo en preguntar por la fotografía pensando que era su mamá, es decir, la abuela de Alejandro mi amigo. Su respuesta sembró toda la inquietud del mundo. Ese día supe que Cecilia Cuéllar Gómez había muerto dejando a sus hijas muy niñas, en especial Cecilia, la bebé de la fotografía, y que esa mujer era Tía Manuelita, quien aprovechó el reciente nacimiento de uno de los Arbouin para ayudar en la lactancia y darle todo el amor del que su alma es capaz, no sólo a ella, sino a Gloria y a María Carolina.
Como se imaginarán, ese gesto de generosidad infinita marcó mi espíritu de niño. Tuve además otra ventaja, y es que uno de mis mejores amigos era nieto suyo. En el colegio tuve la fortuna de estudiar con Leslie Arbouin Vargas, y entonces pude conocer en persona a Tía Manuelita. Y lo hice en el mejor escenario posible: El Sisga, su finca de toda la vida. Todavía me acuerdo de su presencia en todas partes, de la distribución de cada zona de la casa, de las camas del segundo piso y la inolvidable vista de la laguna y de la chimenea en simultánea. Recuerdo con dolor la noticia del incendio que destruyó la casa años mas tarde. Pienso también en las fotografías de Harry Arbouin, su esposo, y toda su magia de inmigrante inglés. ¡Cómo me habría gustado conocerlo! Pienso en la habilidad de Manuelita para curar las heridas de un día de cacería de cangrejos de río, o de mis siempre fallidos intentos de esquiar en la laguna, o de esa soledad de niño invitado a dormir en casa ajena. Recuerdo las cobijas de lana, las ruanas y su alegría. Una aguadepanela con queso mirando las estrellas. Y siempre Tía Manuelita, su prudencia, su inteligencia y su sencillez. Su generosidad en los hogares campesinos de la zona y las misas a la que la acompañábamos, donde Leslie y yo, de monaguillos, derrochábamos todas las artes de niño bueno (con ataque de risa compulsivo e incontrolable, por supuesto).
Con la adolescencia y el final del colegio terminaron esas experiencias y siguieron los encuentros con Tía Manuelita en los eventos y almuerzos de familia, en las visitas y en los costureros del ancianato. Siempre he sentido la necesidad de buscarla, saludarla y recibir un poco de su serenidad, su forma de ver la vida y su fe, esa inquebrantable fe capaz de doblegar cualquier dolor del cuerpo y del alma, tanto propio como ajeno. La veo con su cabeza blanca y sus manos aferrándose a las mías en cada encuentro. Lloré de emoción, como creo que casi todos los presentes, con su actuación en esa Navidad de la Manuelita, entre pastores, ovejas y reyes, de todas las edades y de todas las familias.
Esa es mi Manuelita Guzmán. Ojala todos pudiéramos describirla, para formar un retrato hecho de todas las miradas, como en una composición puntillista. Manuelita: Dios con nosotros. ¿Cabe alguna duda?